“TRATADO DE PAZ”

Dos Kfir dieron un salto en el espacio aéreo, alcanzando la región sobre la tarima, rompiendo la paz con su rugido estruendoso. Una explosión hipersónica que desgarró el discurso del jefe de las FARC, alias Timochenko, en Cartagena de Indias, en el momento en que ya había logrado decir: “Que dios bendiga a Colombia, se acabó la guerra, estamos empezando a construir la paz; el amor de Mauricio Babilonia por la Meme podrá ser ahora eterno…”. Luego, se fueron a lo profundo del cielo protector y dejaron una estela de zozobra e incertidumbre a su paso. El silencio empezó a propagarse como una peste y, de repente, todos los presentes sintieron una centuria de soledad en su pecho.

En las selvas de Colombia, Timochenko sabía que el ser encontrado por esos dragones plateados, amos del fuego omnímodo, significaba el fin. Por una fracción de siglo de tan sólo un minuto y cuatro segundos, Timochenko sintió que estaba ante un signo de un destino aciago. Se sintió plena y completamente como el antagonista de esa obra ridícula que era el teatro de la paz, que estaba en una mascarada que terminaría con su sacrificio en lo alto de una pira. Se le vio en los videos de las redes sociales con los ojos abiertos hacia el cielo y su boca descolgada; la burla viral no tardó en sobrevenir.

Sacudido en sus entrañas por un sonido que no pensó escuchar estando tan vulnerable, cuando creía que finalmente se terminaba esa guerra temeraria que lo había llenado de temores y asaltos de locura e ira, sintió que estaba siendo humillado, que se burlaban de él, que era hora de huir y regresar a las selvas, pueblos y ciudades, para poner a temblar a los que estaban ahora infamándolo. Sin embargo, cayó en cuenta de que todos los presentes temían su reacción consabidamente iracunda, pues se levantaban de sus sillas agitando pañuelos blancos al viento, nerviosos, impotentes, observándolo con misericordia.

Timochenko sonrió y miró a sus camaradas diciendo: “Esta vez venían a saludar la paz y no a descargar bombas”. El presidente de Colombia corroboró esa sentencia: “Efectivamente, esos aviones le daban un saludo a la paz”. Timochenko continuó con el protocolo y con el estremecimiento en su cuerpo por ese sonido metálico que no dejaba de ser una estela dolorosa trepidando en su sensibilidad.

No pudo conciliar el sueño aquella noche, ni esas otras noches, cuando sus camaradas fueron cayendo uno por uno, asesinados o extraditados en una tormenta de venganza que él conocía bien, pues ellos eran los enemigos.

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